Entrevista

Inicios de la salmonicultura: La historia y visión de Alexis Bolados

Con una trayectoria que recorre los pasajes más determinantes de la salmonicultura chilena, Alexis Bolados revive sus inicios, aprendizajes y el desarrollo de una industria que creció junto a su propia experiencia en el sur de Chile.
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Con más de tres décadas vinculadas al desarrollo de la salmonicultura chilena, Alexis Bolados es parte de una generación que vivió la industria desde sus orígenes, cuando el cultivo de salmones en el sur del país era aún un ejercicio de ensayo, creatividad y adaptación permanente. Ingeniero acuícola de formación, Bolados llegó al sur a mediados de los años 80 tras dejar Antofagasta, motivado por una convicción temprana de que su futuro profesional estaría ligado al mar y a una actividad que recién comenzaba a tomar forma en Chile.

Desde sus primeras prácticas en pisciculturas estatales en la Región de Aysén, pasando por los años fundacionales en centros de cultivo con jaulas de madera, alimentación manual y escasa infraestructura, hasta asumir responsabilidades gerenciales en algunas de las principales compañías del sector, su trayectoria se entrelaza con los hitos más relevantes de la salmonicultura nacional.

Bolados ha sido testigo directo de la evolución tecnológica, los cambios regulatorios, las crisis sanitarias y los desafíos ambientales que han marcado a la industria. En conversación con Mundo Acuícola, repasa sus inicios, el aprendizaje en terreno y la consolidación de un sector que transformó el sur de Chile.

Para retroceder a esos primeros años y entender cómo se fue construyendo ese camino profesional, Alexis Bolados parte recordando su historia personal y su formación académica.

—Alexis, partamos por el comienzo. ¿Cómo se da su formación y el camino que le lleva a la acuicultura?

Soy hijo de profesor. Nací en Santiago, pero terminé mis estudios en Antofagasta y entré a la Universidad de Antofagasta. En un inicio una de mis ideas era estudiar Veterinaria; incluso había quedado en la Universidad Austral de Valdivia, pero el presupuesto familiar no permitió estudiar tan lejos. Entonces opté por otra alternativa e ingresé a Ingeniería en Acuicultura, que en ese tiempo dependía de la sede de la Universidad de Chile en Antofagasta. Nunca me arrepentí. Me encantó desde el primer día.

—¿Qué fue lo que te terminó de enganchar con la carrera?

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La carrera estaba muy vinculada a un centro de investigación oceanográfica, y eso fue clave para mí. Estaba inserta en los procesos de investigación oceanográfica lo que me permitió acercarme mucho al mar desde una mirada científica.

Trabajé durante cuatro años como alumno ayudante del profesor Ismael Kong Urbina, un experto en ictiología. Todos los fines de semana analizábamos muestras de peces y, además, él dictaba la cátedra de Ecología Marina Litoral. Ahí entendí en profundidad los procesos biológicos que se desarrollan en la zona costera. Fue una etapa muy formativa y entretenida.

De hecho, casi me quedo trabajando en la universidad. Hicimos una publicación a raíz del fenómeno de El Niño del año 1984, que fue muy fuerte. Llegaron masas de agua cálida desde el trópico y aparecieron especies que no eran endémicas ni de la zona ni de Chile. Esas especies se identificaron, se clasificaron y se declararon. Fue una época muy bonita desde el punto de vista académico.

—¿Cuándo aparece el primer vínculo directo con la salmonicultura?

Justo antes de terminar la universidad tuve la oportunidad de hacer una práctica en una piscicultura cerca de Santiago, luego me vine en tren a Puerto Montt, de ahí a Chiloé y tomé el transbordador en Quellón para llegar a Coyhaique, donde hice mi práctica en la piscicultura Dr. Shiraishi, en 1985.

Esa piscicultura era un proyecto del Estado, asociado a Fundación Chile y al proyecto JICA con Japón, cuyo foco inicial estaba puesto en generar poblaciones de salmón a través de la liberación de alevines. Sin embargo, por ese entonces ya se estaban instalando las primeras jaulas en el mar. Así, cuando terminé la universidad me vine de inmediato al sur, con muchos sueños que cumplir profesionalmente . Venía a probar suerte.

—¿Cómo fueron esos primeros trabajos en terreno?

Cuando llegué ya tenía colegas trabajando acá, así que me la jugué. A los dos días estaba trabajando en un proyecto de cultivo de ostras de Fundación Chile en Chiloé. La idea era transferir tecnología para que las comunidades ribereñas aprendieran a cultivar ostras japonesas y generaran actividad económica. Estuve ahí alrededor de cuatro meses.

Después un colega me llevó como asistente de centro y ahí partí definitivamente en el mundo del salmón, en Pesquera Doña Elena, una empresa pequeña que tenía una piscicultura en Dalcahue y una concesión de mar, perteneciente a la familia Puga. Eso fue en febrero de 1987. Junto a otras compañías, estas empresas eran administradas por una oficina canadiense que hacía transferencia tecnológica. Cada seis meses nos reuníamos en Chiloé o en Hornopirén y ellos traían especialistas que nos enseñaban técnicas de cultivo. Fue una etapa muy interesante.

—¿Cómo eran las condiciones de trabajo en esos años?

Muy distintas a las actuales. Las jaulas eran de madera, muy cerca de la orilla. Los estanques para el transporte de los smolts también eran de madera. No había camiones ni equipos adecuados para el traslado. En una de las primeras experiencias armé difusores de oxígeno con mangueras de bencina, tubos de cobre y alfileres para hacer los orificios. Era pura creatividad. No había insumos ni materiales especializados. Había que ingeniárselas para salvar cada situación.

—¿Qué peso tenía el conocimiento teórico frente a la práctica?

La teoría ayudaba, pero no era suficiente. Muchos de nosotros nunca habíamos visto un salmón antes de entrar a la industria.

Por eso fue tan importante escuchar a la gente local. Ellos sabían leer las mareas, entender el ecosistema y dominaban los oficios relacionados con el mar, como el buceo y la navegación en los canales del sur. Nosotros traíamos teoría, pero el aprendizaje real fue en terreno, escuchando a los trabajadores.

—Además era una zona muy aislada en esos años.

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Totalmente. En Dalcahue había un solo teléfono. Si alguien llamaba desde Antofagasta, dejaba un recado y después alguien tenía que avisarme. Para retirar dinero del banco debía viajar a Castro, pedir un giro y volver al día siguiente para recién poder sacarlo. No había comunicación, no había a quién preguntarle nada. Todo se resolvía con ingenio.

—¿Cuándo asume mayores responsabilidades?

Después de seis meses como asistente de centro me nombraron jefe de piscicultura en Dalcahue. Estuve dos años ahí, pero siempre me gustó el mar, así que en verano hacía mi turno en la piscicultura y después me iba a participar de las cosechas nocturnas en el mar.

—¿Y luego viene el salto a Multiexport?

Así es. En 1989 entré a Multiexport para abrir su primer centro de cultivo. En ese tiempo la empresa era principalmente una planta de procesos de pesca blanca y conservas, y recién estaba entrando a la salmonicultura. Abrí el primer centro, estuve a cargo de la primera área de producción y, con el tiempo, asumí responsabilidades cada vez mayores.

Estuve 26 años en Multiexport. Partí como jefe de centro y terminé como gerente de Mar para la Décima Región y parte de la Undécima. Fue prácticamente toda una vida laboral.

—Durante esos años en Multiexport, la industria comienza a expandirse con fuerza. ¿Cuáles diría que fueron los principales hitos de ese período?

Para mí uno de los hitos más relevantes fue el cambio de materialidad. Dejamos atrás la madera y comenzaron a aparecer materiales como el HDPE y el metal, lo que permitió salir de las bahías más cerradas y avanzar hacia zonas un poco más expuestas, pero con mejor recambio de agua y mayor profundidad. Eso redujo el impacto en el fondo y permitió aumentar los volúmenes de producción.

También hubo un cambio importante en las embarcaciones. Dejamos los botes de fibra y de madera, que eran muy frágiles, y pasamos a embarcaciones más resistentes, con menos requerimientos de mantención y mayor capacidad operativa. Todo eso permitió que la industria creciera en escala.

Aparecen las barcazas y se empieza a hacer la cosecha in situ, con bins y procesos un poco más tecnificados. Antes de eso la cosecha era completamente manual, con ganchos, desangrando al lado de la jaula y despachando en cajas pequeñas con algo de hielo. Había que cosechar toda la noche para llegar a tiempo a planta.

Eso fue evolucionando y permitió disminuir impactos ambientales importantes, como el manejo del agua sangre, que antes se liberaba directamente al medio posterior a un tratamiento básico para aminorar su impacto sanitario.

En alimentación pasó algo similar. Cuando yo partí, en Dalcahue, el alimento era fresco. Se molían sardinas o pejerreyes, se mezclaban con aditivos y pigmentos y se entregaba un alimento húmedo, como una masa. Eso no duraba más de dos días en verano, así que la logística era diaria y muy compleja.

Después aparece el pellet, y ese cambio fue inmediato. Permitió almacenar, planificar mejor y simplificar enormemente la operación. Fue un salto muy relevante para la industria.

—¿En ese mismo período comienzan a aparecer los pontones y la alimentación centralizada?

Sí. Al principio no eran necesarios porque los centros estaban cerca de la costa y la gente volvía a sus casas. Pero cuando empezamos a movernos hacia zonas más aisladas, especialmente en la Región de Aysén, fue imprescindible generar habitabilidad en el lugar.

Ahí aparecen los primeros pontones, primero de ferrocemento y luego metálicos. También se centraliza la alimentación desde bodegas, con sistemas de mangueras hacia las jaulas. Todo eso se da a mediados de los años 90 y cambia completamente la forma de operar.

—Mirando hacia atrás, ¿cómo eran las densidades y la sobrevivencia en esos primeros años?

En los inicios la industria era muy pequeña. Los centros producían volúmenes bajos y los ciclos duraban más tiempo, por lo que la capacidad de carga del ambiente no era un problema. Las densidades eran menores y la sobrevivencia, en general, era mejor que en períodos posteriores.

A medida que la industria crece, aumenta la densidad en ciertos barrios y la tasa de contacto entre centros, lo que incrementa el riesgo sanitario. Eso se tradujo en etapas más complejas, con mayores mortalidades. Hoy hemos vuelto a mejorar esos indicadores gracias a una mayor conciencia sanitaria, avances en genética, vacunas y manejo.

—Uno de los momentos más duros de la historia del sector fue la crisis del virus ISA. ¿Cómo la vivió?

Fue durísimo. En ese momento yo tenía a cargo entre 20 y 22 centros, y después del ISA terminé con cuatro. Me tocó despedir a personas que habían trabajado conmigo desde los inicios, con casi 20 años de historia laboral juntos. No había alternativa.

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El impacto fue enorme: mortalidades masivas, pérdida de confianza, incertidumbre sobre si la industria podía seguir adelante. Afectó a los trabajadores, a las empresas y a las ciudades del sur, que ya dependían fuertemente de esta actividad.

La recuperación, sin embargo, fue relativamente rápida. En términos productivos fueron alrededor de dos años. Parte de eso se explica porque el ISA impactó principalmente la fase de mar, mientras que otras etapas del ciclo seguían operando. Además, al desaparecer muchos centros, los que quedaron mostraron desempeños productivos muy buenos, lo que permitió recuperar confianza y retomar la actividad.

Eso también dejó una lección importante sobre la capacidad de carga de los ambientes y la necesidad de no sobrepasarla.

—Después de 26 años en Multiexport, llega a Ventisqueros. ¿Cómo se da ese paso?

En 2015 se estaba cerrando el proceso de fusión de Ventisqueros con Congelados del Pacífico. Yo entré inicialmente como gerente zonal para Chiloé y un centro más al sur. A los pocos meses quedé a cargo de toda la producción.

Fue un proyecto muy desafiante y apasionante. Tuve plena confianza para hacer cambios y, junto al equipo, impulsamos varias transformaciones. Fue una etapa muy enriquecedora desde el punto de vista profesional.

—Hoy, con casi cuatro décadas en la industria, ¿cómo mira el presente y el principal desafío hacia adelante?

El mayor desafío hoy es el cambio climático. Estamos enfrentando condiciones ambientales muy distintas a las de hace 20 o 30 años: mayores temperaturas, más radiación, blooms, bajas de oxígeno que se han vuelto crónicas en algunos fiordos. Eso está cambiando la base sobre la cual cultivamos.

Nuestros sistemas siguen siendo abiertos. El agua entra tal como viene, con todo lo que trae, y eso nos obliga a no perder de vista que esta es una industria profundamente dependiente de la biología y del ambiente.

—¿Qué mensaje le dejaría a la industria y a las nuevas generaciones que están entrando al sector?

Creo que es fundamental no olvidar que, más allá de la tecnología, la inteligencia artificial o los sistemas de análisis de datos, la base de esta industria sigue siendo biológica. Mientras no cambiemos radicalmente el sistema productivo, seguimos dependiendo del ambiente y de sus condiciones.

Mi mensaje es que avancemos con responsabilidad. No necesariamente producir más, sino producir mejor. Relocalizar, bajar densidades en zonas sobrecargadas y mejorar las condiciones productivas es clave para la sostenibilidad.

Y a las nuevas generaciones les diría que escuchen, que observen y que respeten el entorno. La tecnología es una gran aliada, pero nunca va a reemplazar el entendimiento del medio en el que trabajamos. Si logramos equilibrar conocimiento, experiencia y respeto por el ambiente, la salmonicultura chilena todavía tiene mucho futuro.

Ricardo Älvarez G.