Acuicultura

La Acuicultura Global en un Punto de Inflexión:

Imperativos Estratégicos para las Próximas Décadas

Carlos Wurmann G., ingeniero civil industrial, M.Sc. en Economía y presidente del Centro Internacional de Estudios Estratégicos para la Acuicultura (CIDEEA), aborda en esta columna la situación mundial y sus principales implicancias para el escenario próximo, revisando las tendencias y factores que podrían marcar el rumbo de la actividad acuícola en los próximos años.

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El desarrollo sostenido de la acuicultura mundial en las últimas décadas culmina en 2024 con un hito histórico para la oferta global de productos pesqueros: por primera vez, la producción de cultivos de especies acuáticas de origen animal supera la barrera de los 100 MM de T1, llegando a 102,7 MM de T con un valor de primera venta estimado en USD 371.300 MM.2

La secuencia de éxitos alcanzados a lo largo del tiempo sostiene un optimismo permanente en el futuro de esta extraordinaria industria, pero también conspira contra la posibilidad de generar una visión más reflexiva de los acontecimientos recientes, los que ya evidencian el surgimiento de un panorama de cambios muy desafiantes. Entre ellos, una ralentización de la velocidad de crecimiento de la producción pesquera/acuícola y de las exportaciones pesqueras, proyectándose que ambas situaciones se agudizarán en el horizonte previsible. También ya están en curso importantes cambios tecnológicos, medioambientales y de gobernanza que modificarán profundamente las estructuras productivas y de mercado de la acuicultura, alterando el orden actual y generando inquietudes sobre el cómo administrar mejor estos nuevos escenarios.

Así, el propósito de estas páginas será el de bosquejar un diagnóstico realista y explorar algunos de los factores que darán forma al futuro próximo de la acuicultura.

La cosecha mundial de 102,7 MM de T en 2024 se complementa 91,9 MM de T de pesca extractiva con lo que el desembarque total del año asciende a 194,6 MM de toneladas, de las cuales la acuicultura ya representa 52,8%, habiendo superado el umbral del 50% desde 2022. Esta simple cifra sintetiza una transformación estructural que se ha hecho evidente desde hace varios años: la acuicultura ha dejado de ser un complemento de la pesca de captura para convertirse en el eje central de la oferta pesquera mundial, con lo que tal vez se está acercando el momento en que, más allá de tradiciones centenarias y de las enormes cifras de empleo pesquero extractivo esté resultando conveniente hablar de la industria ‘acuícola-pesquera’ y de ‘ministerios o secretarías de acuicultura y pesca’, y no al revés?

Acuicultura mundial y su nueva fase estratégica

Las cifras recientes permiten identificar tres rasgos estructurales que redefinen el horizonte estratégico de la acuicultura mundial: el fin de la fase de crecimiento acelerado de las cosechas; la transición desde un modelo productivo basado en ventajas geográficas y ambientales hacia otro sustentado en capacidades tecnológicas, institucionales y de gobernanza; y la divergencia creciente entre la dinámica de producción primaria y la del comercio exterior pesquero, donde los volúmenes de cosecha aumentan más rápido que los que fluyen al comercio pesquero internacional, sector al que se destina buena parte de la producción acuícola.

Estos tres rasgos no son simples tendencias: constituyen fuerzas estructurales que moldearán la acuicultura mundial en la próxima década y más allá, y obligan a replantear las estrategias sectoriales en todos los países productores, tanto consolidados como emergentes, que no hayan percibido estos hechos.

Las proyecciones OECD/FAO para el 20353 anticipan una tasa de crecimiento de las cosechas cercana al 1,5% anual, cifra muy inferior al 3,9% de los últimos 10 años terminados en 2022/24, y a los 5,5% y 8% de las décadas inmediatamente anteriores. Así, la cosecha mundial sólo alcanzaría unos 121 MM de T, mientras el consumo por persona de productos pesqueros aumentaría solo marginalmente, desde 21,5 kg/año en 2023/25 a 21,9 kg/año hacia el 2035. En paralelo, la oferta de carnes terrestres crecería en torno a 12% en el mismo período, reforzando la competencia por participación en la dieta mundial. Por esto, el mensaje estructural es inequívoco: la fase de expansión acelerada de los cultivos ha quedado atrás, y el sector enfrenta restricciones que ya no pueden ser tratadas como anomalías coyunturales, sino que son condicionantes permanentes de su trayectoria futura.

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A estas consideraciones se suma que la pesca silvestre en ambientes marinos, que predomina en las capturas de 2024 y que aporta un 87% de esas producciones, viene disminuyendo su contribución a las actividades extractivas desde un 93% en 1994. Por su parte, los cultivos en ambientes marinos solo representan un 37% de las cosechas en 2024 - frente a un 63% de cultivos de especies de agua dulce - y también han reducido su participación desde un significativo 44% en 1994. En el caso de la acuicultura estas variaciones pueden ser en parte el reflejo de la mayor facilidad relativa con la que han evolucionado las técnicas de cultivo de especies dulceacuícolas, factor al que se suman los largos períodos (10 a 20 años) y las cuantiosas inversiones que son necesarias para desarrollar el cultivo de nuevas especies marinas.

A esta desaceleración se agregan factores que tensionan simultáneamente la competitividad, la sostenibilidad y la legitimidad social de la actividad, como son el cambio climático, gobernanzas deficientes, marcos regulatorios inestables, menor disponibilidad de sitios y mayores exigencias ambientales y sociales.

El cambio climático afecta la estabilidad de los sistemas productivos actualmente en uso. Gobernanzas deficientes y marcos regulatorios inestables dificultan la inversión y generan incertidumbre en los procesos de expansión. La disponibilidad de sitios de emplazamiento en áreas costeras y cuerpos de agua continentales tradicionales se reduce y ellos se encarecen y exigen tramitaciones prolongadas y complejas, mientras la opinión pública en varias regiones mantiene reservas respecto de los impactos ambientales y sociales de los cultivos. Todo esto ocurre mientras la demanda internacional ya no crece al ritmo de décadas anteriores y donde algunos mercados relevantes —Japón, Europa, Estados Unidos, Corea del Sur y otros— muestran menores dinámicas, señales de estancamiento o retroceso en los niveles de ingesta por persona, mientras otros, como China y Corea continúan aumentándolo, y terceros como Rusia y Taiwán evidencian niveles relativamente estables en los últimos 20 años. Valga mencionar que la población mundial aumentó entre 5.328 y 8.162 MM de habitantes entre 1990 y 2024, y se espera que desde ese año aumente hasta 8.885 MM en 2035, con tasas de 1,3% y 0,8%, respectivamente.

La competencia con otras proteínas se intensifica. Las carnes de ave y cerdo han logrado eficiencias notables en costos, uniformidad, logística y percepción pública, presionando a la acuicultura a mejorar su competitividad. Esta presión se combinará con mayores requerimientos de sostenibilidad, trazabilidad, certificación, transparencia y legitimidad social. La moderación de precios al consumidor será determinante, especialmente en mercados sensibles a variaciones económicas, previéndose una disminución de precios reales4 de los cultivos hasta 2035. Así, la acuicultura deberá satisfacer todos estos requisitos, los que serán tan determinantes como la productividad y los costos en el quehacer sectorial.

Simultáneamente, la estructura productiva global de la acuicultura revela una concentración muy significativa que se intensifica con el correr del tiempo, con once países (entre 203) que aportan casi el 90% del volumen mundial y solo 21 especies (entre 480) que generan el 75% de la producción acuícola y 66% de su valor en el trienio 2022/2024. La alta concentración responde a ventajas acumulativas que favorecen cada vez más a los actores consolidados y dificultan la emergencia de nuevas especies y productores. La brecha tecnológica entre países de altos ingresos —donde aún radican las principales innovaciones— y naciones de ingreso medio —donde se concentra buena parte de la producción— sigue siendo marcada, y muchas de estas últimas aún carecen de una base sólida de generación de conocimiento sectorial, con lo que en ellas serán exigibles mayores niveles de inversión en ciencia, tecnología e innovación, asunto vital que no parece estar entre las consideraciones estratégicas de muchas naciones y cuya priorización resulta absolutamente necesaria.

Los sistemas de recirculación (RAS), los cultivos ‘offshore’ (en mar abierto), la automatización, la inteligencia artificial aplicada al manejo de biomasa, la genética avanzada y la bioseguridad no solo modificarán la función productiva, sino que alterarán la lógica de localización de la acuicultura, los mercados y los precios. Es importante comprender que paulatinamente en la próxima década, y con mayor énfasis a partir de la década de 2040, una parte cada vez más destacada de la industria dejará de depender de manera determinante de las condiciones geográficas y ambientales —fiordos, lagos, corrientes, temperaturas, disponibilidad de borde costero— e irá adoptando las nuevas tecnologías que permitirán producir en lugares antes impensables, desde zonas áridas hasta entornos urbanos y espacios marítimos de alta energía. El uso de las nuevas tecnologías hará que la acuicultura sea mucho más intensiva en el uso de capital, más dependiente del conocimiento y más exigente en gobernanza, concentrándose probablemente aún más en proyectos de gran escala y en un número limitado de países y especies.

El impacto geopolítico y comercial de esta transformación será profundo. Países tradicionalmente importadores de productos pesqueros —Estados Unidos, Japón, Corea, Taiwán y varias naciones europeas y americanas— podrán desarrollar producciones locales competitivas utilizando tecnologías RAS y ‘offshore’, desplazando parcial o totalmente a proveedores externos que hoy dependen de esos mercados. Esta amenaza debe asumirse desde ya por los países exportadores, pues la pérdida de competitividad y mercados tendría efectos severos en el empleo y en las economías regionales que dependen fuertemente de la acuicultura. Al mismo tiempo, la migración hacia sistemas RAS y ‘offshore’ debería abrir nuevas oportunidades para cultivos de menor escala en el borde costero y en aguas continentales, orientados principalmente a abastecer la demanda doméstica, hoy afectada por la disminución de la pesca artesanal y, en varios casos, industrial.

La divergencia observada entre las velocidades de aumento de la producción y la del comercio exterior podría continuar sosteniéndose, reforzando la tendencia hacia una acuicultura que destina mayores proporciones de su producción al consumo doméstico, mermando los ingresos de las exportaciones, sea por incrementos en la demanda local como por la eventual saturación de mercado en países de alto consumo. Acá, mientras la producción acuícola mundial, excluyendo algas, crece a una tasa media acumulativa anual (TMAA) de 5,8% en los 30 años terminados en 2022/24, los volúmenes de exportación lo hicieron a un 3%, y en la última década a sólo un 1,3%. En términos monetarios , la brecha es aún mayor en las tres décadas: los valores de primera venta de la producción de cultivo crecen a una TMAA de 5,6% (3,9% en los últimos 10 años) mientras los de las exportaciones apenas a una TMAA de 2,3% (0,5% en la última década terminada en 2022/24) . El caso de China —principal exportador mundial y, simultáneamente, segundo importador del trienio 2022/24— ilustra esta creciente orientación de la producción acuícola hacia el consumo doméstico.

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En este contexto, la gobernanza adquiere un rol decisivo. Países con marcos regulatorios estables, previsibles y técnicamente sólidos podrán atraer inversiones, incorporar tecnologías avanzadas y sostener el crecimiento; aquellos con normativas fluctuantes, procesos lentos, conflictos territoriales o instituciones débiles verán limitada su capacidad de insertarse en la “Nueva Acuicultura”. La sostenibilidad deja de ser un atributo deseable para convertirse en un requisito estructural, pues los mercados, los consumidores y los reguladores exigirán estándares cada vez más estrictos. La legitimidad social será un factor crítico, especialmente en países donde la acuicultura enfrenta cuestionamientos públicos persistentes.

En el escenario global, ALC aparece como la región con mayor potencial de desarrollo acuícola fuera de Asia. Sus ventajas naturales, disponibilidad de agua y costas, infraestructura y capital humano constituyen una base favorable, las que ahora deberán complementarse con capacidades tecnológicas, institucionales y logísticas. Su bajo consumo de productos pesqueros por persona representa, simultáneamente, un desafío y una oportunidad.

Así, el año 2024 marca un punto de inflexión. La acuicultura mundial ya no puede apoyarse únicamente en su trayectoria histórica de crecimiento. La combinación de cambio climático, gobernanza exigente, competencia con otras carnes, mercados más rigurosos y transformaciones tecnológicas obliga a replantear estrategias. El desafío no es solo crecer, sino hacerlo de manera sostenible, competitiva y socialmente aceptable, en un escenario de cambios tecnológicos profundos. Los países que logren integrar estos elementos estarán mejor posicionados para liderar la industria en el futuro previsible.

La próxima década será decisiva: la acuicultura deberá integrar tecnología, gobernanza, sostenibilidad, inversión, eficiencia económica y aprobación social para aprovechar las oportunidades que ofrece esta nueva etapa.

A partir de la creciente influencia de estas fuerzas estructurales, la acuicultura mundial entra en una nueva fase. La industria continuará expandiéndose, aunque a ritmos muy inferiores a los observados durante las últimas décadas, en un contexto donde el cambio tecnológico, la eficiencia económica, la sostenibilidad ambiental, la legitimidad social y la estabilidad regulatoria adquirirán una importancia definitoria. La competencia con otras proteínas continuará intensificándose y la demanda internacional evolucionará de manera más heterogénea, con algunos mercados maduros que muestran señales de estancamiento y países de ingreso medio en los que se prevén aumentos en la demanda. En estas circunstancias, crecer será más complejo y exigente, requiriendo mayores niveles de inversión, financiamiento adecuado, innovación permanente y una creciente capacidad para responder a exigencias de trazabilidad, certificación y desempeño ambiental.

La velocidad de adopción tecnológica será desigual entre países y empresas, dependiendo de factores tales como la disponibilidad de capital, la capacidad de generar y absorber conocimiento, la formación de recursos humanos especializados y la calidad de los marcos institucionales y regulatorios. Paralelamente, los sistemas de producción con ingeniería tradicional seguirán desempeñando un papel relevante en numerosas regiones y especies, mientras puedan ir incorporando mejoras progresivas, aunque se espera que vayan perdiendo significación con el tiempo.

La reconfiguración comercial y geopolítica actualmente en desarrollo podría favorecer una mayor orientación de los cultivos hacia los mercados domésticos, especialmente en países de ingreso medio. Los predecibles aumentos en la capacidad productiva mediante las nuevas tecnologías en países actualmente importadores y la mayor relevancia de los estándares de sostenibilidad, trazabilidad y gobernanza modificarán las condiciones competitivas internacionales. En este escenario, los actores más consolidados tenderán a reforzar sus ventajas acumulativas, mientras la capacidad de innovar, atraer inversiones, desarrollar tecnologías y formar capital humano especializado se convertirá en un factor diferenciador cada vez más importante entre países, especies y empresas.

La futura estructura geográfica de la acuicultura mundial dependerá cada vez menos de la sola disponibilidad de recursos naturales y cada vez más de la capacidad para integrar tecnología, conocimiento, gobernanza e inversión, con estrategias de largo plazo.

Consideraciones finales

Los enormes requerimientos financieros asociados a la transición tecnológica serán limitantes para varios países y empresas, y harán que el proceso de cambio no sea demasiado rápido. Esto permitirá que parte de los sistemas de cultivo convencionales continúen operando, en la medida que vayan incorporando mejoras que les permitan mantener su sostenibilidad y eficiencia, aunque disminuyendo paulatinamente su aporte a las cosechas. También se vislumbra la posibilidad de que grandes consorcios internacionales inviertan en los desarrollos futuros de naciones menos privilegiadas, augurando desde ya la formación de más joint ventures multinacionales. Igualmente, es posible que grandes empresas monocultivadoras deseen ampliar su ámbito comercial y, aprovechando sus fortalezas, incursionen en el cultivo simultáneo de varias especies para diversificar riesgos y ampliar su cobertura de mercado. Esta situación es coherente con las dinámicas estructurales ya observadas.

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Los emprendimientos sin la adecuada capacidad financiera irán quedando atrás y, si no progresan, serán adquiridos por grandes consorcios productivos, los que continuarán aumentando su influencia.

Inicialmente, las nuevas tecnologías no solo requerirán de aumentos en la inversión, sino que adicionalmente podrían provocar alzas en los costos de producción y presiones para subir los precios de venta. Parte de estos aumentos podrá compensarse mediante menores fletes internacionales, cadenas logísticas más cortas y ahorros en otras fases de la cadena productiva. Los eventuales aumentos de precios, que complicarán la competitividad sectorial, deberán ir disminuyendo en la medida que las economías de escala en inversiones y operación, junto con un fuerte impulso en innovación, vayan haciendo más efectivas las mejoras tecnológicas, que serán un requisito indispensable en la transición hacia estas nuevas realidades. Se evidencia así, que estas nuevas realidades limitarán la velocidad de migración hacia los nuevos sistemas productivos.

La fragilidad de muchos países para enfrentar la magnitud de estos desafíos también llama a consorciar esfuerzos entre varios de ellos para generar fondos, programas de innovación productiva y formación de capital humano de interés común. Otro tanto deberían hacer, a nivel nacional e internacional, las instituciones de enseñanza universitaria y profesional, así como las de investigación y desarrollo, sobre la base de propuestas claras, holísticas y de verdadera orientación productiva.

En el caso de ALC, la combinación de madurez global, transformación tecnológica y reordenamiento comercial abre nuevas oportunidades para continuar aprovechando las notables ventajas naturales existentes y un capital humano en fortalecimiento. Sin embargo, éstas deberán complementarse inexorablemente con avances sustantivos en gobernanza, estabilidad regulatoria, investigación, desarrollo e innovación, sostenibilidad y relacionamiento público-privado. La región no solo podría ampliar su capacidad productiva, principalmente en salmón, camarón, tilapia y mejillones, sino también avanzar hacia empresas ‘multiproducto’ y modelos productivos de mayor sofisticación tecnológica. Si logra fortalecer la coordinación institucional, incrementar la inversión en conocimiento y adoptar tecnologías avanzadas, ALC podrá aprovechar de mejor manera tanto los mercados internacionales como el todavía significativo espacio disponible para desarrollar sus mercados domésticos.

Aunque los desafíos que enfrentará la acuicultura mundial durante las próximas décadas son múltiples y complejos, existen fundamentos técnicos, económicos e institucionales suficientes para enfrentar con éxito esta transición. La industria ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación a lo largo de su historia y dispone hoy de herramientas científicas, tecnológicas y de gestión impensadas algunos años atrás. El desafío consiste en reconocer desde ahora la magnitud de los cambios en curso y actuar antes de que las tensiones acumuladas se transformen en restricciones mayores y conduzcan a situaciones de crisis.

Quienes comprendan esta nueva realidad y adapten sus estrategias con visión de largo plazo estarán en condiciones de liderar una etapa que debería ser tan trascendente para la acuicultura mundial como la de su pasado reciente, donde se fraguaron los extraordinarios resultados que hoy en día celebramos.