En búsqueda de la Precisión para un menor impacto: El enfoque sostenible de Invermar
Desde su centro de cultivo Traiguén II, en Achao (Chiloé), Invermar demostró los avances tecnológicos que impulsan su modelo hacia una acuicultura de precisión en el proceso de engorda en mar.

Invermar abrió las puertas de su centro de cultivo Traiguén II, ubicado en Achao, comuna de Quinchao, en el archipiélago de Chiloé, donde mostró en terreno los avances tecnológicos que está incorporando en sus operaciones y cómo el centro continúa operando con normalidad tras un episodio de baja de oxígeno.
El centro Traiguén II cultiva salmón Atlántico (Salmo salar) y actualmente mantiene una biomasa cercana a las 2.500 toneladas distribuidas en 16 jaulas, con aproximadamente 900 mil peces en producción. Según la planificación productiva, el ciclo en curso proyecta alcanzar cerca de 5.000 toneladas, con cosechas programadas entre junio y septiembre de 2026.
Uno de los componentes centrales de la operación es el sistema de monitoreo ambiental instalado en las jaulas. El centro cuenta con sensores que permiten medir variables como oxígeno disuelto, temperatura y salinidad, además de correntómetros que registran las corrientes marinas y permiten comprender con mayor precisión las condiciones ambientales en las que se desarrolla el cultivo.

El monitoreo visual también cumple un rol clave en la operación. El centro dispone de dos cámaras submarinas por jaula, lo que suma un total de 32 cámaras instaladas en las unidades de cultivo, complementadas por sistemas de observación aérea que permiten monitorear permanentemente el comportamiento de los peces.
Entre las herramientas tecnológicas incorporadas destacan las cámaras bioestimadoras, que permiten estimar peso y biomasa de los peces sin necesidad de manipularlos físicamente. Este sistema genera información productiva continua y reduce el estrés asociado a las mediciones tradicionales, al mismo tiempo que mejora la precisión de los datos utilizados para la gestión del cultivo.
La operación también integra sistemas de análisis de imágenes basados en inteligencia artificial, entre ellos tecnologías desarrolladas por la empresa Aquabyte, que permiten estimar biomasa y analizar el comportamiento de los peces en forma continua. Estas herramientas se complementan con modelos predictivos capaces de proyectar variables ambientales, como los niveles de oxígeno, con hasta 48 horas de anticipación, así como detectar concentraciones de microalgas en el entorno.
En paralelo, la compañía también está incorporando herramientas de monitoreo sanitario basadas en el estudio de la microbiota de los peces. El análisis del microbioma intestinal permite obtener señales tempranas sobre el estado de salud de los peces, ya que influye en procesos como la digestión, la absorción de nutrientes, la conversión alimenticia y la respuesta inmunológica frente a patógenos.
Entre los indicadores utilizados destaca el Índice de Salud Intestinal (GHI), un sistema de evaluación no letal que permite monitorear el estado del microbioma intestinal e identificar oportunamente posibles desequilibrios asociados al rendimiento productivo.
Estrategia estandarizada
En conversación con Mundo Acuícola, Jorge Melipillán, subgerente de Aguamar, destacó que la compañía ha incorporado progresivamente herramientas tecnológicas para optimizar los procesos productivos y facilitar el trabajo diario de los equipos. “Hoy día el 100% de nuestra gente que trabaja como operarios son de la zona, y todos los servicios que tiene el centro también son de la zona: lanchas de buceo, lanchas de mantención, peceras, loberas. Y respecto a cómo opera el centro, hoy día funciona con una tecnología muy avanzada; todo lo que está disponible en la industria lo estamos tratando de incorporar para mejorar nuestros procesos y facilitar el trabajo de las personas”, explica.

Uno de los pilares de esta estrategia es la centralización de la alimentación mediante una sala remota ubicada en Chinquihue, Puerto Montt, desde donde se gestionan las operaciones de alimentación de todos los centros de la compañía. El sistema permite aplicar criterios unificados y asegurar una estrategia común en toda la operación productiva.
“Ya llevamos cerca de tres años trabajando así y lo que buscamos es tener una sola estrategia para alimentar los peces, evitar distintos criterios entre centros y que todos trabajen bajo una misma forma de operación definida por la compañía”, señala.
Recorrido por pontón y centro de cultivo
En el recorrido por las instalaciones, el jefe de centro, Carlos Garcés, comentó que el pontón utilizado en el centro Traiguén II corresponde a un pontón tipo barco, parte de una serie de pontones que la empresa ha desarrollado a partir de embarcaciones que ya habían completado su vida útil. Este modelo de economía circular permite reutilizar estructuras existentes, evitando su disposición final y reduciendo la necesidad de construir nuevas plataformas flotantes, lo que significa minimizar el impacto ambiental asociado a la construcción de una nueva estructura y ofrecer mejores condiciones de habitabilidad, al contar con espacios más amplios.

Según explicó Garcés, el diseño ofrece, además, ventajas operacionales frente a los pontones cuadrados tradicionales, como una mejor navegación frente a condiciones meteorológicas adversas y una mayor capacidad de almacenamiento. En este caso, el pontón puede almacenar hasta 300 toneladas de alimento, lo que aumenta la autonomía operativa del centro y contribuye a reducir la frecuencia de abastecimiento y la huella de carbono asociada a las operaciones logísticas.
Durante el recorrido por el pontón, se abordó el sistema utilizado para la gestión de mortalidad en las jaulas. Cada unidad cuenta con un cono de mortalidad ubicado en su zona central, hacia donde la mortalidad es desplazada mediante un ROV (vehículo operado remotamente). Desde ese punto, la mortalidad es conducida hacia receptáculos instalados en el pontón mediante el sistema LIFT UP, que utiliza inyección de aire para transportar los peces hasta la superficie. Este mecanismo permite realizar la operación de manera automatizada, reduciendo la intervención directa de buzos y, con ello, los riesgos asociados a las labores de inmersión.
“Los buzos los utilizamos principalmente para revisar las redes loberas, lo que se realiza cada tres días, especialmente entre los 0 y 20 metros, donde verifican que no haya roturas y realizan reparaciones cuando es necesario. Hoy en día usamos principalmente robótica para la inspección general”, explicó Carlos Garcés, jefe de centro de Traiguén II.