Columna de opinión

50 años haciendo camino

Testimonio de 45 años en la salmonicultura chilena

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Mi primer contacto con los salmones fue como alumno en la Universidad Técnica del Estado, en una pequeña piscicultura cercana a Puerto Varas. Más que una industria, el salmón era entonces una promesa. Las instalaciones eran rústicas: estanques de madera y cemento, agua fría corriendo sin automatización y muchas más preguntas que certezas.

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Una tarde, mientras reparábamos los canales de ingreso del agua —también de madera y castigados por el clima— cerramos el flujo hacia los estanques. Nos distrajimos intentando capturar una trucha atrapada en el canal. Fueron solo minutos, pero bastaron para que los peces quedaran sin oxígeno suficiente. Esa fue mi primera gran lección: el pez no espera. Depende completamente de nuestras decisiones, incluso de las más pequeñas.

Aprendí que la única manera real de entender esta actividad era observar permanentemente su conducta. Antes que sensores o reportes, está el pez: su nado, su respuesta al alimento, su comportamiento colectivo. Allí está la información más valiosa y la base del negocio.

Mi primer trabajo formal fue en un centro de cultivo de una empresa pionera en producción industrial. No había horario; había compromiso, mística. Llovía mucho y se trabajaba igual. Los recursos eran escasos y el ingenio era la principal herramienta. Los profesionales y también los operarios aportábamos lo que sabíamos; el resto se construía en terreno. Se hizo camino al andar.

El despegue llegó hacia 1985, cuando varias empresas comenzaron a invertir con decisión en el sur de Chile. Durante los noventa se incorporaron nuevas profesiones y la actividad dejó de ser solo producción de peces para transformarse en una industria compleja, con gestión, regulación y planificación.

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El crecimiento también trajo desafíos sanitarios. En 2009, la crisis del virus ISA golpeó con fuerza: centros cerrados, empleos perdidos y una industria obligada a repensarse. Entendimos que el mar es un espacio compartido, que la bioseguridad debe ser una conducta permanente y que no podemos exigir los sitios más allá de lo que la biología permite. También aprendimos la importancia de controlar estrictamente el ingreso de material biológico y avanzar hacia el autoabastecimiento de ovas con genética propia.

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Hoy, después de 45 años de trabajo intenso y observando a la industria desde otra vereda, el de las Asesorías, me siento optimista. Tenemos excelentes profesionales, empresas más conscientes, más transparentes y reglas más claras. El mundo necesita proteína sana y de alta calidad, y el salmón es una de las respuestas más relevantes. Si mantenemos el aprendizaje, la coordinación y el respeto por el entorno, los próximos 50 años pueden ser aún mejores.

Hugo Cajas Duran
Consultor en Acuicultura
hcajasduran@gmail.com