Arturo Clément: “Ningún proyecto productivo prospera si no es legítimo para su territorio”
Luego de su retiro tras ocho años liderando SalmonChile, el ingeniero civil realiza un balance de una etapa marcada por la búsqueda de mayor legitimidad social, transparencia y articulación territorial para la salmonicultura chilena.

Con más de tres décadas de trayectoria en el rubro, Arturo Clément ha sido testigo y protagonista del crecimiento de la salmonicultura en Chile. Ingeniero civil y fundador de Multi X, también ha ocupado cargos en empresas como DataSalmon e Ictio Biotechnologies.
Su historia personal se entrelaza con los inicios de la industria. En los años 80, cuando el cultivo de salmones en el sur de Chile era todavía una apuesta incipiente, Clément formó parte del grupo de profesionales y emprendedores que comenzaron a desarrollar esta actividad. Recién casado, se instaló en Dalcahue, entonces un pequeño poblado de unas 200 casas. En una zona marcada por el aislamiento y las limitadas oportunidades laborales, el surgimiento de la salmonicultura abrió nuevas perspectivas para muchas familias chilotas. Junto a trabajadores locales comenzaron a fondear las primeras jaulas, en un proceso que combinó aprendizaje técnico, esfuerzo físico y una permanente adaptación a condiciones productivas desconocidas.
Ese crecimiento temprano también dejó lecciones. La rápida tecnificación del sector desplazó progresivamente a parte de la mano de obra local y evidenció la falta de inversión en formación de capital humano en los territorios. Con el tiempo, esa experiencia reforzó en Clément la convicción de que el desarrollo de la industria no puede avanzar desconectado de las comunidades donde opera.
¿Qué balance hace de su período al frente de SalmonChile?

Hago un balance profundamente positivo y de evolución. Cuando asumí la presidencia de SalmonChile en 2017, la industria enfrentaba un escenario desafiante y exigente, tanto en lo productivo como en lo reputacional. Era un momento que nos invitaba a reflexionar y a fortalecer nuestra relación con el entorno.
A partir de esa etapa, impulsamos una transformación importante: pasamos de ser un sector relevante pero poco visible para el país, a convertirnos en una industria más conocida, más transparente y con una voz consolidada a nivel nacional. Hoy representamos el 2% del PIB y generamos más de 86 mil empleos, pero más allá de las cifras, logramos instalar una manera de hacer las cosas basada en la evidencia científica, el diálogo, la presencia en los territorios y la planificación estratégica.
El mayor logro no es individual, sino colectivo: consolidamos un equipo profesional sólido y una estrategia compartida que fortaleció nuestra legitimidad y posicionó a la salmonicultura como un actor clave para el desarrollo del sur y de Chile.
¿Cuál fue el aprendizaje más relevante que le dejó la presidencia del gremio?
El aprendizaje más profundo fue entender que la confianza no se pide, se construye. Durante la crisis inicial, quedó en evidencia que, pese a ser motor económico del sur, operábamos con una desconexión importante respecto de las comunidades y del país.
Aprendimos que ningún proyecto productivo prospera si no es legítimo para su territorio. Desde entonces, asumimos que la salmonicultura es inseparable del bienestar de las comunidades donde opera. La transparencia, el diálogo y la apertura de información —científica, económica y ambiental— dejaron de ser opcionales y se transformaron en la base de nuestra gestión.
¿Qué momento de su trayectoria en la salmonicultura recuerda hoy con especial orgullo o emoción?
Hay varios momentos significativos, pero uno que recuerdo con especial emoción fue la marcha de mayo de 2023, donde miles de trabajadores salieron a defender sus empleos y el futuro del sector. Esa manifestación no fue solo una expresión laboral; fue la demostración de un sentido de pertenencia y de orgullo salmonero que no existía hace algunos años.

Ver a trabajadores caminar con la frente en alto, conscientes de que su labor es fundamental para el desarrollo del sur y de Chile, fue una señal clara de que el esfuerzo por construir identidad y legitimidad había dado frutos.
¿Cómo ve hoy la relación entre la industria salmonera y las comunidades donde opera?
Hoy veo una relación mucho más madura, directa y basada en la presencia constante en los territorios. Pasamos de una lógica más distante a una de involucramiento activo, trabajando codo a codo con comunidades, proveedores y trabajadores desde Biobío hasta Magallanes.
La industria entendió que su sostenibilidad depende de generar valor compartido. No se trata de filantropía, sino de responsabilidad: somos la segunda fuerza exportadora del país y debemos actuar como tal. Esa transformación permitió construir puentes incluso con actores que antes no estaban dispuestos a dialogar. Aún hay desafíos, pero la base hoy es mucho más sólida y honesta que hace ocho años.
¿Qué desafío estructural sigue siendo el más complejo para el sector en Chile?
El desafío estructural más complejo sigue siendo el regulatorio y estratégico. La industria enfrenta sobrecarga normativa, incertidumbre y competencia internacional creciente. Para que Chile pueda consolidarse como líder mundial en acuicultura, se requiere una política de Estado de largo plazo, que combine sustentabilidad, certeza jurídica y visión estratégica.
El sector necesita reglas claras y alianzas público-privadas sólidas que permitan proyectar crecimiento con responsabilidad ambiental y legitimidad social. El camino no será fácil, pero hoy contamos con una hoja de ruta clara, una industria más cohesionada y una convicción compartida sobre el rumbo que debemos seguir.